lunes, 25 de febrero de 2008

LEYENDA DEL SALTO DEL ENAMORADO Y UNA HISTORIA DE FAMILIA

EUGENIO EGEA MOLINA

En la zona denominada La Galga, actual municipio de Puntallana (La Palma), donde destacan sus imponentes riscos, vivió en otros tiempos un valiente y osado pastor. Este, quedó prendado de una hermosa joven que ignoraba todas sus pretensiones hacía ella. No obstante, el mancebo no cejaba en su empeño de cortejarla; y la bella dama mantenía una total indiferencia.
Escultura al salto del Enamorado. Puntallana (La Palma)
La hermosa joven agobiada por la constancia del pastor en conseguir su corazón, quiso probar su amor pidiéndole un imposible y así liberarse, de una vez por todas, de sus cortejos.
Para ello, le pidió que antes de ser su esposa, debía acercarse al precipicio y, apoyando sus manos en su lanza (vara con la que los pastores canarios esquivan las dificultades orográficas), sorteara los abismos tres veces con su cuerpo sin caer.
El valor y la destreza del amante quedaron patentes en los dos primeros saltos; pero, en el tercero, cuando se encomendó a su dama, falto ya de fuerzas, no se apoyó en tierra firme, despeñándose en las profundidades del barranco.
El amor le cegó y murió por conseguirlo; su cuerpo nunca se encontró. Ella perdió la cordura y lloró todos los días que le restaron de vida.

Desde entonces, la gente del lugar para recordarlo, llaman al risco El Salto del Enamorado.
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14 agosto 2011
UNA HISTORIA FAMILIAR EN LA GALGA 

En el Cubo de La Galga,
bajo de un almendro en flor,
le dio mi padre a mi madre
el primer beso de amor.
Popular. 
Transmitida por Antonio Castellano Suárez

Hacienda de La Galga. Foto del autor
No sólo esta bonita leyenda se ha desarrollado en este magnífico entorno, otra historia de enamorados tuvo lugar por estos lares. Esta es la que les voy a relatar y compartir a continuación:

La Galga, en la Isla Bonita, es uno de esos sitios cuyo hermoso paisaje te hace sentir bien.
Desde la Loma puedes bajar por el barranco que llega a la costa y, desde el que un día, la laurisilva reflejaba los colores que el sol iba dejando al despuntar la mañana.
En el primer año del siglo pasado, allí, en su hacienda familiar, pasaba temporadas la joven Dolores, junto con sus padres y hermanos.
Como cada día, entró en la acogedora ermita que sus antepasados habían construido, para dar las gracias por lo que tenía. Luego, se sentó fuera en un amplio sillón de rafia con respaldo, que sus padres habían mandado a traer de Europa. Era un lugar, donde pasaba las horas, bordando y observando las correrías y travesuras de sus adolescentes hermanos.
Un día, oyó unos despavoridos gritos, que de ninguna forma le hicieron presagiar lo que le depararía el destino. Sus hermanos, corrían monte abajo como posesos.

La muchacha se dio cuenta que algo extraño sucedía. Los jóvenes despavoridos se dirigieron hacia la muchacha, y al llegar donde estaba; un hurón que llevaban, con el que habían estado de cacería furtiva en la montaña, lo introducen en un baúl y hacen que se siente encima Dolores. Ella, accede sin vacilar, como un acto reflejo protector, al percatarse de un peligro inminente que se cernía sobre ellos. Estos, veloces, se refugian en la casa.
Hemos de aclarar que el uso del hurón para la caza estaba terminantemente prohibido y perseguido.

Al rato, observó cómo la guardia civil, una pareja y un apuesto teniente, se acercaban y se dirigían directamente hacia ella.
Desde siempre le había impresionado el uniforme verde, con sus imponentes largas capas y tricornios de negro charol.

Ya, frente a Dolores, el oficial, con sus dos deslumbrantes estrellas doradas en la antemanga, se dirigió a ella, a la vez, que la miraba de una forma penetrante. Sobrecogida por el pánico, se limitaba a balbucear y asentir; pues enfrascada en mantener oculto "el cuerpo del delito" que no dejaba de moverse bajo ella, no lo descubrieran.
No escuchaba lo que la autoridad le decía. Solo, mantenía un modoso comportamiento, ante el pánico de verse sorprendida.
Ermita de S. Bartolomé en La Galga. Foto del autor
Al cabo de un rato, momento que pareció interminable y donde un frío intenso se apoderó de su cuerpo, el teniente y la pareja de guardias se despiden marcial y cortésmente.
Cuando se alejaron, respiró lentamente y tardó en volver a la tranquilidad, y ahí nos podemos imaginar que les dijo a sus hermanos...

Al día siguiente, cuando Dolores salía de su ermita, el oficial se le acercó galantemente y con un serio acento gaditano, le dijo: “si usted y su padre lo permiten, nos casaremos en esta ermita”.

Y así fue.

De esta forma, la familia Poggio unió sus vínculos con la de Egea. A partir de entonces, sus descendientes han vivido en las islas de La Palma, Tenerife y Gran Canaria, hasta la actualidad.

Esta es la narración que me transmitieron mis tías abuelas Josefa y Magdalena Egea Poggio (D.E.P.), de la que decían que Mamá Lola (la joven Dolores: Dolores Poggio Álvarez) les contaba a escondidas de su padre, Papa Juan (Juan Egea Urraco, el joven teniente) que ante todo, mantenía un carácter serio y prudente donde la rectitud imperaba. En agradecimiento y memoria.
Gracias a mi prima Conchi Poggio Egea y, a su padre Manuel Poggio Sánchez, así como a mi tío Luis Egea Manrique de Lara, cuya versión también la oyó en Málaga a su tío Luis Poggio (hijo de uno de los muchachos de la historia), por recordarme con el tiempo esta historia familiar. A Cristina López Díaz, mi cómplice, por darle un “toque femenino”.

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1 comentario:

chr5 dijo...

Una leyenda muy hermosa...me gustaría añadir que existe un cortometraje rodado por Jorge Lozano Van de Walle sobre esta historia..para verlo hay que pasarse por la Filmoteca Canaria o visitar a Jorge....